No me había dado cuenta, pero estoy esquivando con pequeños saltitos las líneas del piso de la calle, como cuando era niña. Todo esto es como regresar a mi infancia, una y otra vez. Respiro, respiro… toco la manija de la puerta y siento un terrible escalofrío.

Está oscuro; este lugar siempre huele mal, tan mal. Entro sin hacer ruido, no quiero verlo. Dejo la comida en la barra de la cocina y salgo lo más pronto posible. Suelto despacio el aire de los pulmones; se siente tan bien.

—¿Susana? —me pregunta una señora mayor que se acercó sin que me diera cuenta.

—Sí.

—¿Eres la hija del Sr. Justo?

—Sí.

—Quiero platicar contigo.

De pronto me siento pequeña, tan mal. Esta señora me recuerda a mi abuela.

—¿Platicar de qué?

—De tu papá, de su situación, de su abandono, de su enfermedad.

Se hace un terrible silencio. Escucho a lo lejos unas pisadas, seguramente del vecino del piso de arriba. No puedo hablar, no me salen las palabras.

—¿No crees que es irresponsable que tu papá esté sin atención todo el día? Tiene Alzheimer y nadie lo cuida, nadie lo baña, nadie le da sus medicamentos. ¿Sabes que él no se puede atender solo, verdad? Está empeorando y cada vez es más dependiente.

Definitivamente, esta señora es como mi abuela: renació.

—¿Me estás escuchando? ¿No tienes nada que decir?

No me salen las palabras y esta señora no entiende.

—Eres una hija muy irresponsable y cruel, ver a tu padre en esas condiciones inhumanas y no hacer nada.

—Que se muera.

Ufff, salió algo y no algo bueno. Ya sé qué viene: esta señora me va a seguir sermoneando como en toda mi infancia.

—¿Cómo te atreves a decir eso? Después de todos los cuidados que tu padre te dio de niña.

—¿Qué sabes tú de mi infancia? ¿Qué sabes de mi padre? Solo porque lo ves ahora enfermo no significa que haya sido una buena persona, ni un buen padre.

—Todos los padres aman a sus hijos.

Esta señora se lo ganó; siento la sangre correr por toda mi cara.

—Este hombre que tú llamas buen padre fue el monstruo que me violó desde los 9 años todas las noches y a veces en el día, durante más de seis años. Ese hombre no merece estar vivo, ni sano.

Creo que grité de más, está tan espantada. Se va, ¿así nada más?  Ya se me hizo tarde.

“Querida Susana, tal vez me recuerdes soy la señora que te preguntó por los cuidados de tu padre hace unas semanas. Me costó un poco de trabajo por eso no habías sabido de mí, pero le encontré un asilo a tu padre y ayer en la noche lo trasladamos. No es gran cosa pero estará atendido, tal vez mejor de lo que merece. Ahora te toca a ti perdonar, sanar y vivir Susana. Vive, date la oportunidad de ser feliz.

Un abrazo,

Alejandra”