El sonido del timbre resonó como un eco largo en el pasillo vacío, haciendo que mi corazón se detuviera un instante. Frente a mí estaba la puerta: alta, de madera maciza, su superficie era un mapa de grietas. Sus vetas irregulares parecían figuras bajo la luz tenue del vestíbulo. La manija de bronce, fría y desgastada por los años, reflejaba mi propia cara deformada, una sombra ansiosa.

Algo no se sentía bien.

Avancé con lentitud, sintiendo que el aire pesaba más con cada paso. Mi respiración parecía rebotar contra las paredes angostas, y el suelo de madera crujía bajo mis pies como si le doliera mi existir. Cuando llegué frente a la puerta, el aroma familiar de barniz envejecido me invadió, pero esta vez no era reconfortante. Era casi nauseabundo.

El timbre no volvió a sonar, pero la sensación de ser observada era innegable, como si alguien al otro lado supiera que estaba allí, dudando. Mi mano temblorosa se extendió hacia el visor de la puerta, ese pequeño círculo de cristal que convertía al mundo en una imagen distorsionada y limitada.

Apoyé la frente contra la madera, fría y rugosa, y cerré los ojos un segundo antes de reunir el valor suficiente para mirar.

Era como ver un túnel oscuro. Lo que miré me aterrorizó de inmediato, aunque no entendí por qué al principio. Había una figura de pie al otro lado, completamente inmóvil, como si hubiera sido colocada allí. No llevaba sombrero ni abrigo, y su silueta se perdía en las sombras que la noche arrojaba sobre la entrada. Era alta, demasiado alta.

Intenté enfocar los detalles, pero la lente del visor deformaba todo, haciéndola parecer más etérea. No distinguí un rostro, solo un vacío en el lugar donde debería estar. Algo gélido subió por mi columna, como un aliento invisible que soplaba desde las grietas de la puerta. Mi garganta se cerró.

—¿Quién es? —pregunté, aunque mi voz salió apenas como un susurro.

No hubo respuesta.

El silencio se prolongó, pesado como una losa sobre mi pecho. Entonces, sin razón aparente, noté detalles que antes no estaban allí. Una mano delgada, huesuda, se extendió desde las sombras y acarició suavemente la puerta, casi como si quisiera consolarme. Su movimiento no era humano. La madera respondió con un gemido leve, como si le pesara la presencia.

Retrocedí un paso. Algo más en el aire había cambiado. El aroma del barniz fue reemplazado por uno más acre, metálico, como el óxido. La figura seguía allí, inmóvil, y, sin embargo, sentía su presencia expandiéndose, llenando no solo el espacio detrás de la puerta, sino todo lo que me rodeaba.

El timbre no volvió a sonar. No necesitaba hacerlo. Una certeza helada me atravesó: no estaba allí para entrar. Había venido para esperarme.

Cuando al fin di un paso atrás, con el sonido de mi propio corazón golpeándome en los oídos, lo entendí. Esa no era una figura cualquiera. Era el fin. Y no importa cuán gruesa fuera la puerta o cuánto me resistiera a abrirla, ella no necesitaba pasar. Porque la muerte ya estaba dentro.