Suena el timbre, son las diez en punto, como se lo pedí.

Le tomo la mano y camino despacio hasta mi cuarto.

Sonríe con la mirada, como los niños antes de desenvolver un regalo. Tiene razones: llené todo el piso de velas. Se ve tan romántico que nunca se imaginaría lo que sigue.

Le pido que se siente en la orilla de la cama. Y entonces le pregunto: ¿qué prefieres ver o tocar?

Sus ojos están más grandes, un poco confundidos pero claramente entusiasmados, le gusta jugar.

Se tarda en contestar, me recorre con la mirada una y otra vez, mientras medita su repuesta. De pronto decide: ver, dice casi susurrando. Tiene la mandíbula apretada, las pupilas dilatadas y con los dedos de las manos encogidos, como si tratara de detenerse de las sábanas, esperando no caer al abismo.

Me acerco despacio hasta su cuello, tanto, que puede sentir mi respiración, pero tengo mucho cuidado de no rozarlo con mis labios. Llego hasta su oído y entonces susurro: me voy a asegurar que no toques. Le pongo las manos en los brazos y los recorro… despacio, hasta las muñecas. Las tomo con mucho cuidado. Un beso rápido en cada una. Y entonces saco una cuerda que tenía preparada. Le amarro las dos muñecas juntas a la espalda y me hago para atrás arrastrando un poco los pies, para que me pueda ver.

En estos momentos pienso que la palabra más provocadora del diccionario es despacio. Lo pongo en práctica.

Sin dejar de mirarlo a los ojos me desabrocho el primer botón del vestido. Me detengo y disfruto su mirada. Se quema por dentro y eso me hace sonreír, me ha visto tantas veces desnuda y parece que hoy es la primera vez.

Se acomoda en la cama, está claramente incómodo y feliz. No tiene ni idea.

Sigo mi viaje, el segundo y el tercer botón. Despacio, disfrutándolo, disfrutándome. Me detengo otra vez. No estoy lejos de él por lo que puedo escuchar su respiración, es cada vez más rápida. Me acerco un poco, me detengo, lo veo unos segundos y me acerco hasta su cuello. Esta vez lo recorro con besos, casi tiernos. Llego al oído y le pregunto: ¿te gusta?. Asiente con la cabeza, pero no puede pronunciar una sola palabra. Es un felino cazando a su presa, no me quita la mirada un solo segundo, casi no parpadea pero no se mueve. Me hago para atrás otra vez y continúo.

Este es uno de los momentos más felices de mi vida. Cómo lo disfruté. Me incorporo, lo veo, está tan emocionado después de lo que vio y esperando lo obvio: que lo desate y me pueda ahora llevar al límite. Pero no, solo me voy a despedir.

Me visto, de reojo veo su cara de desesperación, enojo, frustración. Bien merecido. Lo desato y le tomo la mano aprovechando su desconcierto. Lo llevo hasta la puerta.

Te lo voy a decir al oído porque hay cosas que no se pueden decir de otra manera.

Que se repita todas las noches.