Ana no se atrevía a contarle a nadie lo que le sucedía. Le daba miedo que le dijeran que estaba loca. No era algo que tuviera lógica y bien podía ser un trastorno psiquiátrico. A ella no le daba miedo porque estaba acostumbrada. Desde muy pequeñita su sombra le mostraba cosas: otras sombras. Era como si su cuerpo hubiera encontrado la manera de comunicarse con ella. Ana no sentía hambre, era su sombra la que le mostraba una manzana, o todo un banquete dependiendo de lo que su cuerpo necesitara en ese momento. Así aparecía su sombra con un reloj indicativo de que era hora de dormir o con un suéter. Era como una mamá para ella. Sabía cómo, cuándo y qué necesitaba Ana o más bien dicho el cuerpo de Ana. Esta especie de guía o consciencia, la convirtió en una niña sana y educada. Un adolescente responsable, un ejemplo siempre de sus papás y maestros. A Ana no había que pedirle las cosas, ella las hacía porque su sombra le pedía, en esta extraña forma de comunicación, que lo hiciera y Ana jamás se cuestionaba: simplemente hacía lo que su sombra le pedía.

Siendo ya una joven universitaria comenzó a dudar sobre sobre la misma existencia de la sombra. ¿Era ella misma? ¿era algún tipo de manipulación? ¿estaba loca?. Lo cierto es que no podía dejar de hacer lo que la sombra le pedía. Por una simple razón: sola, se podía morir hasta de sed. No tenía otro mecanismo en su cuerpo que le indicara que hacía frío o que tenía que bañarse. Era totalmente dependiente de su sombra y por primera vez le molestaba. Empezó a ponerse horarios para comer, para dormir, para tomar agua y así para cualquier actividad que se pudiera planear. Dejó de buscar su sombra a cada momento. Ya no se ponía debajo de las lámparas cuando se sentía perdida; pero todavía la necesitaba: después de tantos años, era una costumbre o tal vez una adicción. Su sombra no expresaba sentimientos, pero había algo en Ana que la hacía pensar o intuir que la sombra estaba enojada con ella. Ese sentimiento la tenía algo alterada, hasta que un día decidió enfrentarla. La buscó como siempre: poniéndose frente alguna fuente de luz. La sombra apareció y traía algo en la mano.

 En ese momento Ana comprendió lo que quería, no dudó. De pronto volvió a ser la niña que no tenía dudas sobre su sombra. Los papás de Ana nunca entendieron el porqué, ni supieron de dónde había sacado la pistola. No hubo carta de despedida. Mejor así.