Hablar de Afganistán es hablar de la complejidad de un país que ha pasado por un protectorado británico, una Revolución, una invasión soviética, una guerra civil, un Estado Islámico, una invasión estadounidense, entre otros eventos que lo han marcado por los conflictos constantes como a otros países de lo que se denomina el Gran Oriente Medio.

Es muy difícil para nosotros entender otras culturas, estamos inmersos en la nuestra, la “cultura occidental” que se señala desde el otro lado del mundo por ser consumista, falta de valores y algo “demoniaca”.

Estamos sesgados por nuestra propia visión del mundo, por nuestra educación, por nuestros valores. ¿Son los correctos? Con esta simple pregunta muchos estarán pensando que estoy loca, ¿cómo puede ser correcto lo que hacen los Talibanes?. Y tendrán mucha razón, hace más de 20 años estuvieron en el poder e impusieron medidas brutales contra las mujeres: las decapitaban, las lapidaban y les impusieron la burka.

Unos días antes de que los Talibanes volvieran al poder en Afganistan, por casualidad, releía unas partes de Persépolis. La mirada de una niña en Irán ante eventos nuevos para ella como el uso de un pañuelo para taparse el pelo* en 1980 durante la Revolución iraní.

*El Hijab o velo islámico: es el pañuelo utilizado para tapar el pelo.

A los diez años la religión, las ideas, las imposiciones, solo son cuestionados desde la ingenuidad: no es cómodo, hace mucho calor… pero se está muy lejos de entender las razones reales y el simbolismo detrás de un pañuelo.

Una niña de diez años que de pronto se encuentra con una versión diferente del mundo. Lo que le dicen en la escuela no es real, o no es del todo real, según las palabras de su padre.

El mundo está viviendo fenómenos que no deberíamos de estar viendo porque ya los hemos vivido. Tenemos la información de Afganistán, como la tenemos del socialismo, del autoritarismo y de las tiranías. Pero al contrario de la pequeña de 10 años que, en contra de su fe, fue entendiendo que lo que pasaba no estaba bien, hoy parece que no podemos transmitir el mensaje a los que apoyan, o son parte de estos regímenes. Y lo más importante, tampoco a los que están en contra, que han decidido tomar una postura pasiva.

¿Nos está faltando explicar como si del otro lado hubiera ingenuidad?

¿Por qué no encontramos argumentos válidos para exponer verdaderas tragedias?

Por primera vez en mucho tiempo, tal vez solo “por primera vez” el mundo entero no ha podido transmitir la urgencia y la necesidad de usar un cubrebocas, de ponerse una vacuna, de SOBREVIVIR. Es difícil pensar que algo bueno pasará en Afganistán.

Las mujeres (habrá excepciones) en Afganistán quieren vivir, quieren caminar hacia una igualdad que hoy pareciera haber retrocedido no 20 años, sino siglos. Tristemente no encuentran un eco internacional que sea suficiente para impedir que los Talibanes se queden en el poder.

Estamos en muchos sentidos en una máquina del tiempo, sabemos a dónde vamos, sabemos que no está bien, pero nadie la detiene.