Aquella noche, la casa de Julián parecía más grande de lo normal. Estaba solo, sentado en el sillón, cuando un golpe sordo en la cocina lo hizo levantarse.

—Debe ser el viento —murmuró, aunque todas las ventanas estaban cerradas.

Luego vino otro sonido, metálico, como de cubiertos arrastrándose. Caminó hasta el pasillo y entonces lo vio. O creyó verlo.

La silueta inconfundible de Mateo, el mismo hombre que había sido enterrado hacía seis meses.

El corazón se le detuvo. La primera reacción fue el terror puro, pero logró calmarse con una idea: “No le tengas miedo a los muertos. Ellos no pueden hacerte daño. Solo los vivos pueden”.

La figura sonrió. Y sin abrir la boca, la voz de Mateo llenó el pasillo:

—¿Seguro? Los muertos somos más peligrosos que los vivos. Cuando un muerto quiere vengarse, lo hace… y nadie lo sospecha. ¿Quién me culparía de tu muerte? Nadie, solo dirán: “murió mientras dormía”. Aunque no se expliquen la causa.

Sintió un frío inexplicable subirle por la nuca. Dio un paso atrás.

—Así es, mi querido y traidor amigo —dijo la voz, suave, casi cariñosa—. Qué elegante manera de vengar mi muerte, ¿no lo crees?

Julián corrió hacia el baño y encendió la luz, intentando convencerse de que estaba perdiendo la cabeza. Se miró al espejo… y lo vio. Detrás de él, sonriendo, con las manos extendidas hacia su cuello.

El reflejo fue lo primero que sintió. Las manos no estaban ahí en el mundo real, pero su garganta se cerró de golpe. Comenzó a jadear, a golpear el aire, a aferrarse al lavabo.

—Nadie te salvará de mí esta noche —susurró la voz, desde el espejo.

Lo último que vio fue su propio rostro, enrojecido, con los ojos desorbitados… y a Mateo sonriendo satisfecho en el reflejo, mientras la oscuridad lo cubría todo.