Una persona que fue muy cercana a mi familia siempre decía que él no quería pasar a la historia: “la gente famosa siempre tiene vidas muy tristes o trágicas”.

Era un hombre culto, pero sobre todo le gustaba vivir bien. Tanto que enloqueció, pero como dicen por ahí: esa es otra historia.

Los que tenemos la mente inquieta nos planteamos ese tipo de ideas muchas veces en nuestra vida: ¿de qué se trata? ¿de pasar a la historia? ¿de cambiar el mundo? ¿de hacer “las cosas bien”? ¿o simplemente te de vivir?.

¿Tenemos una misión? o ¿estamos aquí por una mera casualidad?.

Cuando era muy chiquita, tal vez unos cinco años, mi abuela materna tratando de explicarme porqué se había muerto un primo (unos años más grande que yo) trató de encontrar una lógica infantil -católica (era muy creyente) y me dijo que Dios necesitaba angelitos. Pero no terminó ahí: “a los niños buenos se los lleva de angelitos”. Durante muchos años me debatí entre la idea de que despertar era una especie de castigo y la “tentación” de portarme lo más mal que pudiera para así evitar la maravillosa/terrible elección de Dios nuestro señor. Quería ser una “buena niña” pero también quería estar viva. Terrible contradicción.

En mi adolescencia no mejoró, entonces estaba el dilema de: pasar a la historia y tener una vida trágica/triste o ser muy feliz y totalmente intrascendente en este planeta.

¿Cómo? ¿eso es todo? ¿no hay una opción intermedia? Hasta que unos años después en un viaje, la persona que menos me lo imaginaba me dio la respuesta: “Patagonia pudo haber sido una selva”. Me transportaba en camión al fin del mundo cuando el guía de turistas nos explicaba cómo en ese lugar todavía existían algunas plantas que indicaban que en algún momento los ahora bosques helados del fin del mundo pudieron (hace muchos, muchos años) ser parte de una selva cálida.

Siguió con su relato… “no tenemos garantía de nada, un día la tierra gira y en donde había bosques hay selvas o al revés.”

No era un guía de turistas con una cultura muy vasta, pero era una persona que conocía bien el lugar y tenía una lógica impecable: “las personas se esfuerzan demasiado por pasar a la historia y no se dan cuenta que un día la tierra puede desaparecer y ya nadie se va a acordar de los más famosos de la historia”.

¡Ay dolor! Somos tan intrascendentes en este universo que el (la, los) “arquitecto” (s) de la vida (por poner un responsable) nos dio un ego enorme que nos hace pensar que somos algo o podemos llegar a ser algo: ¡Algo importante!. Tan importante que en unos minutos podría desaparecer por siempre… PARA SIEMPRE si nos cruzamos en el trayecto de un meteoro por ejemplo.

En un rato desaparecerían no solo los que hoy estamos respirando por aquí, si el dichoso intruso fuera del suficiente tamaño desaparecería todo rastro de vida, incluso del planeta.

Un premio Nobel entonces valdría lo mismo que las calificaciones de un Niño de primaria: NADA.

Así de fácil, pero todos los días nos despertamos (algunos más que otros) pensando que el mundo gira a nuestro al rededor, porque lo hace: nuestro mundo, el diminuto mundo que es nuestro cerebro solo puede entender lo que pasa afuera pensando que somos una parte fundamental.

Los sueños más ambiciosos del hombre, se caen a pedazos cuando lo comprendemos. Pero ya estamos aquí y no tenemos la más remota idea prácticamente de nada, así que lo único que nos queda es hacer de la vida una fiesta. Sin ángeles ni demonios, buenos o malos. No hay un “camino correcto” lleno de títulos universitarios, o uno lleno de meditaciones y yoga que nos convierten en seres iluminados. Lo que hay son opciones para pasar por aquí: tan “buenas” o “malas” unas como las otras. Porque simplemente son INTRASCENDENTES en este universo.

En algún punto terminará la vida y lo mejor que puedes hacer es celebrar que estás aquí, de la mejor manera posible y haciéndolo lo mejor posible para tus compañeros de viaje.

Así empiezo una vuelta más al sol, reflexionando sobre la no importancia del mismo. Pero ¿qué tal los molesté durante días como si realimente le importara a alguien? Una burla de la autoimportancia que me gusta hacer cada año.

Ahora a celebrar con los amores de mi vida. ¡Sean muy felices!