Una cuarentena, que no fue cuarentena. Ojalá hubieran sido cuarenta días solamente, pero fueron más, muchos más y cada uno de los más de 100 días que estuvo encerrada fue una tortura.

Caminó de ida y vuelta por el pasillo que llevaba de su cuarto al cuarto de visitas. Pensaba, pensaba, pensaba.

¿Qué más podía hacer? No había un solo café abierto, no había siquiera una tienda abierta para salir a distraerse. Sus amigas estaban también en sus casas y se negaban a salir o a recibir visitas.

Quería llorar, pero no estaba sola, nunca estaba sola, así que se tuvo que guardar todo ese dolor para los escasos momentos de soledad: la regadera y las madrugadas. Lloraba con un llanto silencioso y muy húmedo. Su cuerpo compensaba el silencio con las lágrimas que no podía detener. No quería que la escucharan, no quería despertar a nadie. No quería más preguntas de las que ya tenía en la cabeza.

Caminaba, pensaba, pensaba, pensaba.

Leía las noticias sobre los casos de Covid; después, buscaba alguna nota sobre la depresión y el suicidio durante la cuarentena. En esas lecturas descubrió que las cifras de suicidio no eran tan altas durante el encierro, los psicólogos advertían que los suicidios vendrían después: cuando las personas estuvieran solas.

Caminaba, pensaba, pensaba, pensaba.

Sin entenderlo muy bien le causaba alivio leer que no era la única que estaba sufriendo; quería sentir empatía, tal vez quería que alguien sintiera empatía por ella.

Callada, ensimismada, estaba pero no estaba. Había creado un mundo en su cabeza ante el encierro, ahí podía llorar sin que nadie la cuestionara. A nadie le sorprendió porque su familia sabía bien que era una persona sociable y alegre pero que también tenía un lado sumamente introvertido en casa. Podía estar días sin hablar. Siempre fue así, por eso no notaron que esta vez era diferente.

Caminaba, pensaba, pensaba, pensaba.

Había perdido un amor, no era la primera vez, pero este era diferente. Dolía hasta las entrañas, pasaban los días y en vez de doler menos: dolía más. ¿Por qué? ¿Por qué dolía más? La respuesta era sencilla pero no la veía. Se cuestionaba sobre la intensidad de sus sentimientos y su incapacidad de darle vuelta a esta página pero simplemente no podía. Se había quedado estancada en una página del libro. Lo sabía y lo trataba de solucionar todos los días.

Pensaba, pensaba, pensaba.

Había tenido grandes amores, había llorado antes, pero nunca se había tardado tanto tiempo en dejar de sentir ese vacío. Abrió el periódico y leyó: aislamiento día 166.

Por fin lo entendió. El dolor crecía cada día porque… porque estaba aislada. Porque cuatro paredes hacen el dolor más fuerte, cada día más fuerte. Comprendió porqué las personas se deprimían encerradas; era tan simple, cualquier sentimiento se intensifica al no poder distraerse con otras cosas.

Era una pesadilla de la que no podían despertar.

Entonces todas las preguntas que se había hecho en la cabeza, se concentraron en una sola y ya no eran para ella, era para él; sabía que era una pregunta que se quedaría sin respuesta porque solo se podía responder desde la empatía y eso fue lo que no hubo en esta historia. Dejó de caminar, dejó de pensar y solo articuló la pregunta para que el viento se la llevara para siempre:

¿Por qué en cuarentena?